Felicidad laboral: ¿mito o realidad? 

La felicidad suele ser de esos conceptos etéreos, de los que todos hacemos eco para poder levantarnos en un día gris. Es incolora, inodora, invisible, o tal vez tiene infinidad de colores, olores o formas, nunca se sabe. Lo único claro es que al estilo de Moro, la felicidad es una de los utopías que mueve al mundo.

Todos los hombres de una manera u otra luchamos por alcanzarla, algunas veces sin lograrlo. Y es que la felicidad no radica exclusivamente en un solo aspecto. El concepto acerca de lo que nos hace felices varía de persona a persona, de organización a organización. Hace referencia a temas como estabilidad, remuneración justa, un plan de carrera, el buen clima laboral y el reconocimiento de logros académicos, entre otros.

El concepto de felicidad en el trabajo es mucho más profundo de lo que se cree. Durante años las organizaciones del mundo se preocuparon por crear en los colaboradores un “ sentido de pertenencia”, es decir crear las condiciones necesarias para que los trabajadores se enamoraran de las empresas. De hecho, el sueño de todos los empleados era permanecer el mayor tiempo de la vida en una organización, escalar dentro de ella y en lo posible ganar un buen salario. Hoy, con la irrupción de una nueva generación (millennials y centennials ) las cosas han cambiado. A ellos no les interesa permanecer mucho tiempo en un solo sitio, sino que buscan los motivos adecuados para quedarse. En otras palabras buscan darle sentido a la pertenencia.

Desde esa perspectiva, la felicidad laboral no está dada por tener una gran sala de juegos, o una buena escala salarial, que son importantes. pero no lo son todo. Es mucho más que bienestar. Es un concepto integral que tiene que ver con la experiencia única de ser reconocido por los demás, gracias a su trabajo y a su aporte profesional. Tiene que ver más bien con la posibilidad de que cada trabajador encuentre una razón para querer estar allí.. Es una tarea que le apunta directamente a la productividad de cada organización por lo que cada cosa que se haga, será una inversión y nunca un gasto.

Así, cuando las empresas, las organizaciones o los individuos mismos, entendemos la relación con los otros como una conversación, como un diálogo y no como un monólogo, la forma de ver la existencia, cambia. Si entendemos que cada persona, cada individuo, cada cliente, es diferente, con necesidades y posibilidades diferentes, estaremos sin duda botando una luz que ilumina esos caminos para alcanzar la felicidad.